Caídos por la libertad y la propiedad del pueblo
“Si tenemos un príncipe –decía Plinio a Trajano- es con el fin de que nos preserve de tener un amo.”
Desde aquel 2 de abril de 1982 esta fecha ha sido para mi un día de reflexión, como miembro de un pueblo, de una Nación…
En el progreso de las cosas según las cuales sucedió el derecho a la violencia (La civilización a la barbarie) y la naturaleza quedó sometida a la ley, hubo un hombre por vez primera en la historia, quien, cercando un terreno se le ocurrió decir: “Esto es mío”, y halló gente bastante simple que le creyó. Desde allí, fundada la sociedad civil, se han sucedido crímenes, asesinatos, guerras, miserias y muchos otros horrores que la humanidad ha vivido en todos sus tiempos.
La idea de propiedad fue perfeccionando en el espíritu humano otra idea: la desigualdad. Debido a ciertos progresos como lo fueron la adquisición de conocimientos en las ciencias, que permitió el nacimiento de la industria, los viajes y las conquistas territoriales y con ellas sus riquezas.
Competencia y rivalidad de una parte, oposición de intereses de la otra, y siempre el oculto deseo de buscar provecho a expensas de los demás son los males de una idea mal concebida que degeneró en dominación.
El hombre, de ser libre e independiente pasó a ser una multitud sometida a sus semejantes. Le nació la necesidad de interesarlos en sus proyectos y hacerles hallar su propio interés, por modo real o por engaño cuando no pudo hacerse temer, haciéndolos trabajar en provecho suyo.
El inglés Beresford, al mando de la Primera Invasión Inglesa al Río de la Plata, escribe a Castlereagh el 23 de enero de 1808 aplaudiendo su memorial: “Quien que sea inglés, basándose en los sentimientos de la gran masa del pueblo, espere ayuda de ella para sus propósitos, no conoce al pueblo de Buenos Aires. Debe asegurárseles a estos que el objeto de Gran Bretaña es darles independencia; aunque están decididamente inclinados a liberarse del yugo de España, son aún más hostiles a aceptar el de cualquier otra nación”.
Memorial de Castlereagh
Lord Castlereagh (Ministro de guerra inglés durante las invasiones inglesas al Río de la Plata) escribió en 1807 este Memorial que desarticuló el armado de la tercera invasión y puede considerarse como la piedra fundamental del imperialismo comercial directo e indirecto que en adelante habría de regir la política inglesa en el Plata.
“Debemos actuar de manera acorde con los sentimientos y los intereses del pueblo sudamericano… debemos abandonar la esperanza de conquistar esta extensa región contra el temperamento de su población… Si nosotros nos acercamos a ellos como comerciantes y no como enemigos, podríamos dar energía a sus impulsos locales y conseguiríamos abrogar las prohibiciones contra nuestro comercio. Que es nuestro gran interés”
Esta idea de combinar los propósitos de los pueblos sudamericanos con la extensión del mercantilismo inglés promovido por la Revolución Industrial, fue confirmada al saberse el desastre de Whiteloke en la que se conoce como la Segunda Invasión Inglesa; y es la base de más de 200 años de política británica en América del Sur.
Lo que no consiguieron los generales lo consiguieron los diplomáticos y el puerto de Buenos Aires se abrió a los intereses ingleses con la Revolución de Mayo.
Como explicarnos lo que hacemos sin saber de historia
Que explicación podríamos darle a esos más de 2.000 criollos que murieron durante la Segunda Invasión (Casi todos civiles), y a los que lo hicieron en la Primera, a las víctimas de la actitud soldadesca inglesa que violaron mujeres, mataron niños y profanaron en Santo Domingo y aún más en Las Catalinas.
Que explicación darles a los compañeros de aquellos que 174 años después dejaron su vida en donde, tras la neblina, clama el viento y ruge el mar. Que explicación encontrarnos a nosotros mismos por aquellos que, producto de un arrebato apresurado, dieron la vida por nuestra propiedad, y nos dejaron algo de dignidad criolla.
Porque si hay algo que nos da dignidad como pueblo, es la defensa honrosa en Malvinas de nuestra propiedad, de nuestra tierra, de nuestra cultura, de la pertenencia a un ser nacional.
No verla por ignorancia hace a la irresponsabilidad
Siempre recuerdo esa mañana del 2 de abril cuando me enteré. No me quedé a clases, cursaba cuarto año del secundario. Me volví, me fui, me escapé, me subí al ómnibus y regresé a casa. No me fui de festejo como hicieron muchos, pero aún me avergüenza no haber hecho lo que debía. Cumplir con mi deber de enriquecerme en la escuela, para que mi granito de arena fuese lo más valioso que mis posibilidades permitieran. Debí comprender que aquellas frías tierras lejanas están a la vuelta de la esquina, en la calle de tierra donde jugaba cuando chico y en las ruidosas veredas donde holgazaneaba de muchachón o donde sea que luego me gané la vida.
Debí entender porque mi papá me hablaba de las porteñas y legendarias calles Defensa y Reconquista. Pero hoy lo sé, y lo saben mis hijos, que hay muchas cosas para seguir defendiendo y muchas que reconquistar, que no están tan lejos y que las podemos perder.
Debí entender porque mi papá me hablaba de las porteñas y legendarias calles Defensa y Reconquista. Pero hoy lo sé, y lo saben mis hijos, que hay muchas cosas en nuestras calles que seguir defendiendo y muchas que reconquistar, que no están tan lejos pero que las podemos perder.
Decía un filósofo: “Lo que compone el linaje humano es el pueblo. Es tan poco lo que no es pueblo, que no vale la pena de contarse. Hay que estudiar la sociedad por los hombres y los hombres por la sociedad, aquellos que quieran tratar por separado la política y la moral no entenderán palabra de una ni de otra.”
Para un pueblo soberano sus primeros deberes son la verdad y la justicia; y la Patria su primer afecto. Entender y sentir estos valores, conocer nuestra historia, sumar con responsabilidad a la voluntad general, respetar como poder político la utilidad pública y el interés común, hará que seamos una nación soberana.
Andamos con la voluntad sensiblemente deteriorada, la voluntad de un pueblo engañado por sus príncipes. Pero con el resto que nos queda aún podemos animar a nuestros hijos y hacerles saber que con el conocimiento de nuestra historia pueden caminar pisando firme su propia tierra, que nadie les podrá recitar un discurso diciendo una cosa por otra, que podrán caminar al lado de la verdadera libertad, la que guía a su pueblo. Y así los de afuera nos honrarán con su respeto.
Este 2 de abril y todos los días hagamos dignamente que la gesta de Malvinas y sus caídos por la libertad y la propiedad del pueblo no haya sido en vano. Por nosotros y por los que nacerán en esta tierra. Tierra que es de nuestra propiedad.
La Libertad guiando al pueblo
Este dibujo de Adrián Eula, autor de la nota, es una recreación a lápiz del famoso cuadro pintado por Eugène Delacroix en 1830.
Dibujo realizado para ilustrar una nota sobre la Guerra de Malvinas que apareció en la edición N° 413 del periódico Sustantivo del 2 de abril de 1997.
Sustantivo era un servicio de prensa y marketing político, económico e institucional producido en Mendoza por OIR, editado por el recordado periodista César Robles y dirigido en ese momento por Marcelo Sivera.
En este dibujo es relevante el reemplazo de los pistoletes en las manos del niño de Delacroix por un libro en una y levantando el índice de la otra, lo cual se puede interpretar como indicación de que la única libertad, la verdadera que lo guía, es el conocimiento.









